Porto Alegre

El cenizero y el pavo real

Vitor Ramil

“Porque el tiempo es una invención de la muerte: no conoce la vida – la verdadera – en que basta un mo-mento de poesía para darnos la eternidad entera”, escribió el poeta en el margen del Correo del pueblo que mantenía doblado sobre un rincón de la mesita. El humo de su cigarro se esparciaba por el Café de los Cataventos, creando volutas sobre la cabeza del otro único frecuentador del lugar aquella hora, un compositor, que, en la mesa al lado, bebía sin prisa su coñac y escribía en una servilleta: “Tu lugar aquí en mi mesa. Tu silla aún está vacía”. “Los fantasmas no fuman porque podrían acabar fumandose así mismos”, escribió el poeta, obserbando el compositor lleno de humo e intentando contener la risa.

“Aquello que nunca me dejó ir: Porto Alegre”

El compositor, presintiendo la broma, sacó una caja de fósforos del bolsillo y, golpeando en ella, entonó con voz suave: “Yo sabía que tú un día me procurarías en busca de paz. Mucho remordimiento, mucha nostalgia. Pero al final ¿qué es lo que te ha traído hasta aqui?” El poeta probó el quindim[1] que lo esperaba en un platito, al lado de un cafecito recién servido. Después respondió al compositor: “Aquello que nunca me dejó ir: Porto Alegre”. El compositor largó la caja de fósforo sobre la mesa, bebió un poco más de coñac y dijo: “Ir, volver, quedarse…. Es todo la misma cosa. Solo me intriga la desaparición de mi pavo real. El arco iris terminaba en él, era el pote de oro de mi finca en la Cavalhada. ¿Como pudo haber desaparecido así, de repente?”

“A mí me intriga la desaparición de un cenizero que había aquí al lado, en la recepción del Hotel Majestic”, dijo el poeta. “Ya procuré mi pavo por todas partes. Comencé por las playas del sur: Itapuã, Belém Novo, Ipanema, mucha arena y agua, bellas sombras, muchas aves, quien sabe hasta otros pavos. Subí el Morro del Osso para tener una visión de lo alto, y aproveché para indagar a los índios que viven allí si lo habían visto”, contó el compositor. “¿Avistaste algún distintivo multicolor…?”, bromeó el poeta.

Rio Guaíba

“Felizmente no. La única pena por allí era la mía. Continué la busca. ¿Recuerdas cuando yo hacía las entregas para nuestra querida Librería del Globo, no? Corría para allá y para aquí. Antes de eso había empujado rueda de tranvía, fabricado tornillos, vendido caramelos en el Cine Garibaldi. Di duro. No he sido bohemio la vida entera. Pore eso estoy bien preparado para encarar largas jornadas. Entonces bajé hasta el Guaíba, procuré dentro de los veleros, anduve por la orilla rumbo al Museo Iberê Camargo, será que habrán  hecho una estatua con el pobre pavo. Pues bién, no sería del todo un despropósito: él era una obra de arte. Pilas de carretes se iban a desmoronar y ciclistas iban a salir corriendo si los expusiesen en una de aquellas paredes blancas. Pero él no estaba allí, mi Matisse. Fui hasta la isla de la Pólvora, donde aproveché y escribí unos versos explosivos. Después me embarqué en el Cisne Branco – a mí bichito le iba a gustar  exhibirse en una embarcación con ese nombre – hasta los parques Marinha del Brasil y Harmonia. En el primero, me acosté debajo de un árbol y abrazé mi pavo en un sueño; en el Segundo, había un campamento de gauchos[2]. Corrí un banco y fui sentado. En una ronda que se formó, improvisé unos versos: “La felicidad se ha ido. Y la nostalgia aún vive en mi pecho. Y es por eso que me gusta allí afuera. Porque sé que la falcedad no vigoriza”. Los gauchos se emocionarón, pensando en sus parientes lejanos. Pero te confieso que en lo que yo pensaba allí en la finca de la Cavalhada, era en el pavo. La felicidad se ha ido, tomé unos mates y subí el Morro de Santa Teresa.Usina do Gasômetro En el mirador que hay allí arriba llegué a olvidarme del pavo por un instante. Aviste el Puente de Piedra, en la Praça dos Açorianos (Plaza Azoriana), cercada de automóviles y edificios modernos, e imaginé tales casitas blancas con ventanas azules de las familias llegadas de las Açores, primeros pobladores de esta ciudad hoy tan exuberante y colorida como mi…pavo! Recordé. Y allá me fui. Di una espiada en el Gigante do Beira-Rio, estadio del Internacional. No entré para no perder tiempo. Con todo respeto, si el pavo quisiese ir para un campo de fútbol, no elegiría aquel. Conocedor del buen gusto de mi ave, seguí directo para la cuna de glorias que en breve irá a desaparecer de la Azenha para resurgir en otro barrio en forma de arena futurista: el Estadio Olímpico, de mi querido Grêmio. Pero otra desilusión me esperaba. Ni la sombra del pavo, que parecía predestinado a desaparecer antes del estadio. A pesar, de que el Olímpico era el último lugar donde  me iría a desanimar, pisé el campo de juego cantando: “Hasta a pie iremos, para lo que diere y viniere, pero lo cierto es que estaremos con Grêmio donde Grêmio estuviere”. ¿Pero será que realmente estaba pisando? La sensación era como fluctuar. Y fluctuando me dejé llevar por la brisa hasta la Usina del Gasómetro. El sol ya descendía en la linea del horizote, incendiando todo: las aguas barrosas del Guaíba, la chimenea, las islas, los mercaditos del Puerto, el Puente Getúlio Vargas en la distancia. No me sorprendería encontrar el pavo al final de aquella luz. Pero él no estaba allí, “mi pote de oro”.

El cenizero podría estar en la Catedral Metropololitana o en la Iglesia de Nossa Senhora das Dores. Lugares lindos.

“Ah, cuantas veces incendié aquel cenicero…”, enmendó el poeta. “Era un cenicero con autoestima de lámpara. Se mantenía de pie, lleno de soberbia y cenizas, al lado del sillón de cuero donde me gustaba sustraerme del mundo. ¿En qué lugares podría estar ahora? Tal vez en el vestíbulo del Teatro São Pedro. ¿Doña Eva Sopher fuma? No da esa impresión. Si bien que los padres, por ejemplo, tampoco…Creo en Doña Eva, pero ¿cómo creer en los padres? ¡Quieren llevarnos a Dios por el camino más largo! Huelen a cigarro, ¿ya reparastes? Apuesto que cargan siempre sus paquetes dentro de sus calzoncillos, bajo la sotana. El cenizero podría estar en la Catedral Metropololitana o en la Iglesia de Nossa Senhora das Dores. Lugares lindos. Pena que allí no podría ejercer su arrogancia, fuese porque estaría escondido en el cuarto del padre, fuese porque el padre lo condenaría por vanidad sin siquiera densconfiase de su alma de lámpara art deco – y ahí el pobre cenizero nunca iría al cielo.

“¿Mário, tú me llamastes de Juan?”

“Cenizero en el cielo”, divagó el compositor, volviendo a golpear la caja de fósforos. “Seguramente” respondió el poeta, “de lo contrario caerían cenizas en nuestras cabezas. Al final, son tantos los que no largan el cigarro ¡ni muertos! Mira Júlio de Castilhos, fumador de “maragatos[3]”, quiere decir, mata-ratos[4], que murió de cancer en la laringe. El cenizero podría muy bien estar con él, bañado en bronce en el monumento al fumador positivista de la Plaça da Matriz. Quien sabe también en la casa del hombre, allí mismo, que se convirtió en el Museo Júlio de Castilhos. En este caso, la mejor posición para él podría haber sido entre los objetos expuestos, más precisamente, al lado de un par de botas gigantes que originalmente perteneció a un peón de una estancia de sugestivo apellido: Guerrero.Palácio Piratini ¿Quién alguna vez no ha tenido ganas de tirar la ceniza de cigarro adentro de aquellas botas?  ¿Tendrán fondo? ¿O qué habrá allí donde las botas perdieron el diablo? Siempre defendí la idea de que la muerte es la liberación total, que la muerte es cuando las personas pueden, al final, estar acostadas con zapatos. ¿Pero será que yo pensaría lo mismo si fuese un guerrero y me enterrasen con aquellas botas? Elegí la ocupación cierta, no abro mano de mis pies de poeta. El pato ganó zapato, fue luego a tomar un retrato…Mis zapatos podrían ir atrás del cenizero, como tú has ido atrás de tu pavo. Pero siempre he sido muy perezoso. Prefiero localizarlo mentalmente y pedirle a algún entregador de la Librería del Globo que tenga la gentileza de traérmelo… Por otro lado, no me extrañaría si lo encontrase cerca de la librería, en lugares como el Salão Mourisco – en donde tu pavo bien podría estar -, la Bibloteca Pública, el Club del Comercio. ¿Tal vez en el Museo de Arte de Rio Grande del Sul, bajo un cuadro de Pedro Weingartner, exibiendose a las jóvenes estudian-tes? O del lado de afuera, ¿entre las baratijas de algún vendedor ambulante, cubierto por las flores de los ja-carandas de la Praça da Alfândega? Lago Negro, Gramado (RS) Si fuese época de Feria del Libro, él sería vendido rápidamente. Los escri-tores fuman mucho. Pero también podría estar a la venta en el Caminho dos Antiquários o en el Brique de la Redenção. Es una verdadera reliquia, más antiguo que el cabello de mi abuela. Si yo estaría seguro de poder encontrarlo en la Redenção, iría hasta allí con placer. ¡Qué hermosura de parque! Al Mercado Público también, iría sin pensarlo. Aprovecharía para comer una ensalada de frutas con nata y tomar un café. Pero, salir sin un rumbo fijo, sin ninguna pista concreta, solo si fuese en la más suave, en la más azul de las tardes, tan calma que solo pudiese haber sido en aquellos tiempos del buen Reyno Unido de Portugal, Brasil & Algarve…¿Recuerdas de esas tardes, Don Juan VI?”

¿Entonces yo estaba hablando solo…te iba a llamar de Juan, Lupicínio?“

¿Mário, tú me llamastes de Juan?”, preguntó el compositor, visi-blemente distraído.“ ¿Entonces yo estaba hablando solo…te iba a llamar de Juan, Lupicínio?, se quejó el poeta “Discúlpa, mi amigo, en un momento pusiste cenizeros en el cielo, en otro fuiste fondo en las botas del gigante…me quedé pensando cosas. Hasta anoté esta imagen: “millones de diablillos martillando mi pobre corazón”, se justificó el compositor. “Ta”, dijo secamente el poeta, sin esconder su desacuerdo. Los dos se quedaron quietos. Del otro lado del vidrio del Café, la callesita dormía. En la vereda opuesta el viento se plegaba como un perro. No había nada. “Siento un dolor infinito de las calles de Porto Alegre en donde jamás pasaré”, dijo por fin el poeta, estirando las piernas sobre otra silla. El compositor se enderezó y sonrió dul-cemente para el amigo. Después, golpeando suave-mente la caja de fósforos, cantó hasta el amanecer.

Notas al pie

[1] Torta brasilera hecha con la yema de huevo, azúcar y coco rallado.
[2] Nativos del estado de Rio Grande do Sul.
[3] Revolucionarios de 1893 que lucharon contra las politicas de Júlio de Castilhos
[4] Cigarro barato y de mala calidad.

Galeria

  • Maria Noel Britos

    Hola: quién está ahí, quiero saber dónde se encuentra una casa rodante Leyland 1940 que fue regalo del ministro inglés Millington Drake al presidente uruguayo Alfredo Baldomir en marzo de 1940. Años después en 1964 mi padre la adquirió en un remate y la disfrutamos en familia hasta 1980. Lo último que se es que estuvoo en un museo de Porto Alegre que cerró y quiero encontrarla. Si alguien tiene algún contacto que me lleve a ella lo agradeceré infinitamente. Saludos. María Noel Britos

  • Maria Noel Britos

    mi correo es: manoluga06@gmail.com agradezco datos de la casa rodante Leyland 1940 modelo Tiger que perteneció al presidente uruguayo Alfredo Baldomir.